Un día en Galicia ( 24 horas en el Paraiso )

De todos mis viajes a Galicia siempre me traigo conmigo un recuerdo que lo hace especial. Del último me he traído un día que de haber sido planeado no podía haber sido más perfecto.

Hace ya un mes casi de ese viaje.

El sol de esta tarde festiva y la música de Luar na Lubre sonando de fondo me han hecho evadirme y recordarlo, sentir y añorar el olor de Galicia. Y tener uno de esos ataques de morriña que cada vez son más frecuentes.

Salí de mi casa muy temprano; a las 7 despegaba mi avión. Como es tradición, volví a emocionarme cuando el avión de Vueling tomó tierra en Santiago.

Tan pronto aterricé me fui a desayunar. Esta vez tocaba reunión de trabajo, así que desayuné en uno de los hoteles de negocios que hay a las afueras de Santiago, pero sin duda uno de mis lugares favoritos la ciudad donde voy siempre que duermo allí es la terraza del Hotel Costa Vella. A mí que tanto me gusta el olor a verde ,ese olor especial que tanto echo de menos en el Mediterráneo y aquí te envuelve mientras desayunas o tomas un vino al atardecer en su frondoso jardín, con el sonido de la fuente y rodeado de verde y piedra.

Concluida la reunión, me dirigí al centro. Un paseo por sus calles empedradas hasta la Catedral. Esta vez la visita era especial ya que iba a visitar el Pórtico de la Gloria. Pero antes, aproveché la poca afluencia de gente para subir a darle un abrazo al Apóstol y volver a sentir ese escalofrío que siempre siento cuando lo hago.

Con la visita al Pórtico está incluida la visita al Museo de la Catedral y al Pazo Xelmirez. Así que aproveché para repetir la que hice hace casi veinte años. Lo que más me gustó, el claustro, en silencio ( sin gente ) , que parece transportarte a otra dimensión; las vistas a la plaza del Obradoiro desde una de las galerías del museo y la reconstrucción del coro de piedra que había dentro de la Catedral, obra del Maestro Mateo. Según me contó el guía de excepción que llevaba, este coro fue destruido en el S.XVIII y parte de las figuras que lo conformaban fueron a parar el exterior de la Puerta Santa en la Plaza de la Quintana.

Pero lo que más me impresionó esa mañana poder tener el Pórtico de la Gloria a la altura de mis ojos. Para mí, que desde pequeña me ha impresionado ese lugar, fue un momento difícil de explicar.

La visita empieza en la cripta de la Catedral ( también conocida como Catedral Vella ) . Me enteré ese día que esa fue la última parte de la Catedral que se construyó, para salvar el desnivel del terreno. En ella está la columna que soporta el Pórtico de la Gloria, que se erige justo encima, todo lleno de simbología.

A través de una escalera de piedra , de esas que tanto me intrigan dentro de las iglesias, accedimos a la catedral, justo delante del Pórtico. Una completísima explicación sobre él que me hizo recordar las veces que había tocado esa piedra ( antes de que estuviera vallada ) , en concreto la de la semana santa de 1999… Un día especial que nunca se repetirá por notables ausencias pero que recuerdo con mucho cariño. Ese día se fraguó mi devoción por Santiago.

El momento cumbre llegó. Tras subir al andamio, el Pórtico se presentaba majestuoso ante mí. Mientras la guía nos explicaba las labores de restauración que se están llevando a cabo yo me abstraía observando cada detalle e imaginando….Imaginando como sería su construcción y sus colores originales.

Tras horas de misticismo en la Catedral, había llegado la hora de comer. Después de días de lluvia , el sol se había decidido a salir, así que el plan de ir a la terraza de La Taberna do Abastos 2.0 a tomar unos vinos era más que apetecible, y allí que me fui. Allí en la barra, al solecito, con un vino y unas tapas, buena compañía… ¡qué más se puede pedir!

Pues otro vino y unas deliciosas croquetas en O Curro da Parra.

Este día fueron estos los locales que visité , aunque por supuesto hay muchos más. Es cuestión de ir probando. Para mi próxima visita tengo agendado el renovado Restaurante Rey, que me han dicho que las tapas están de vicio.

Antes de dejar Santiago, quise ir a visitar otro de los lugares especiales para mí en Santiago, el Panteón de Galegos Ilustres, en el Museo do Pobo Galego, donde están enterrados entre otros Rosalía de Castro , Francisco Asorey o el motivo principal de mi visita Alfonso R. Castelao. Siempre he sentido predilección por él, ya que para mí es un orgullo compartir apellido.

Empezaba el día viendo amanecer sobre el mar y lo iba a terminar viendo atardecer sobre el océano.

Y es que de Santiago me dirigí a Vigo, en un viaje a tramos rodeado de mimosas a ambos lados de la autopista.

Vigo se ha convertido el último año por diversos motivos en una ciudad que estoy descubriendo en cada viaje y a la que le estoy cogiendo cariño. Empecé la tarde en la terraza del Albatros, en la Estación Marítima. Entre cervezas, confidencias y muchas risas vi atardecer sobre las Islas Cíes.
Y de allí, de ruta por el casco vello, con la mejor guía que podía tener, mi querida Marta Valcarce, Travi en la Cocina, junto con Carlos recalamos en Taberna A Mina. Todo un descubrimiento, con un ambientazo increíble y unas tapas de infarto.

La noche terminó de vuelta en Santiago, donde tras dormir unas pocas horas ví amanecer mientras cogía otro avión de Vueling de regreso a Barcelona.

Y volví a sentir esa sensación de desgarro al despegar y dejar atrás la tierra.

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